aquel día, durante el recreo

Aquel zumbido aún retumbaba en mi cabeza, mientras mi mirada se arrastraba perdida entre los intrincados y horripilantes diseños de las baldosas de aquel pasillo. Todo lo demás era como si no existiera, no del todo al menos: como a una distancia indefinida que hacía que nada pesase, que todo se sintiera lejos e irreal. Solo sentía como tangibles las imágenes de lo ocurrido, proyectadas en un bucle infinito sobre aquellas baldosas, y el zumbido que no callaba. Aquella fue la primera y única vez que me mandaron al despacho del director.

No recuerdo exactamente qué edad tendría. Unos once o doce años, calculo. Esa edad en la que sigues siendo un niño, pero ya te crees un hombrecito. O, más bien, intentas serlo, porque entiendes que eso es lo que toca. La edad en la que las chicas de tu clase han cambiado, a un ritmo más rápido que tú, y dejas de saber incluso cómo hablar con ellas. Esa en que empieza a salirte el bigote, pero aún no te atreves a afeitarte: porque quieres ser un hombre pero a la vez no, y sientes que afeitarse es declararse en firme como tal, y no te terminas de sentir preparado, así que no lo haces y sigues yendo a clase con esos cuatro pelos sobre el labio que te dan un aspecto ridículo, y les da aún más argumentos a esos que ya tenían bastantes para que se rían de ti. Esa edad en la que lo más importante de todo es encajar, sobre todo cuando eres de los que no encajan.

Aún hoy no me atrevo a llamar acoso, o “bullying” como dicen ahora, a lo que viví. No creo que fuera para tanto. Simplemente, las cosas funcionaban como funcionaban. Yo siempre fui el empollón de clase; también fui el típico niño bueno, de esos que se dice que de buenos son tontos: pues tal cual. Esas cosas te convertían automáticamente en objetivo. Así que sí, algún bocadillo me robarían durante algún recreo, algún empujón debí llevarme alguna vez. Ha pasado mucho y los recuerdos de aquella época son borrosos. Pero no, no creo que fuera para tanto. Tampoco la recuerdo como una época feliz.

Lo que pasó aquella mañana pasó en el recreo. Él era repetidor, mucho más alto que yo (debía de sacarme, por lo menos, dos cabezas). Lo recuerdo destartalado, todo cuerpo pero solo a lo alto, y más bien feo. Aunque bueno, todos los niños éramos más bien feos a esa edad. No era de esos repetidores que se dedicaban a avasallar y a meterse con los más pequeños. Tampoco lo contrario. Pasaba bastante desapercibido. No del mismo modo en que yo intentaba pasar desapercibido, muy conscientemente: a él no era algo que le hiciera falta. Supongo que simplemente no le interesaba mucho nada que tuviera que ver con el colegio. No recuerdo su nombre y tampoco me acuerdo bien del todo de su cara. Pero sí que recuerdo sus manos. Y tanto. Más grandes que mi cabeza, y con unos dedos huesudos y larguísimos.

Debíamos de estar jugando al fútbol o algo así. Puede que yo le diera una patada sin querer, puede que me la diera él a mí y que yo le dijera cualquier cosa, sin pensar. No importa mucho. La cosa es que, en algún momento, se cagó en mi puta madre. Y, por alguna razón que aún no entiendo, ese insulto, que a aquellas alturas debía de haber recibido ya un millón de veces, sin que me afectara más que cualquier otro, resonó en toda su literalidad en mi cabeza, y accionó un resorte que ni siquiera sabía que tenía dentro. 

Quedé paralizado por lo que no debió de ser más de un segundo. Un segundo que se alargó para que en él cupieran mil reproches. En ese segundo cupieron tantas cosas…

Por mi cabeza pasaron entonces mil imágenes y mil palabras, y todas golpeaban, una tras otra, sobre el mismo punto, a la altura de la boca del estómago. La ofensa como un ente oscuro que devoraba la figura impoluta e inocente de mi madre. A los pies de esa oscuridad yo, inmóvil, impotente. La decepción en los ojos de mi padre, el reproche. Los ojos de mi padre convirtiéndose en mis propios ojos, mirándome también desde fuera, con la misma decepción y el mismo reproche. Y me vi a mí mismo rodeado de un montón de gente que me miraba y podían, de repente, ver a través de mí. Podían por fin ver el miedo. Podían ver la vergüenza. Podían ver todo aquello que yo intentaba ocultar a toda costa. Podían verme tal cual me veía a mí mismo: un niño indefenso, que no era lo que tenía que ser, que no era capaz de serlo y que nunca lo sería. 

Y entonces estallé. Todas aquellas imágenes explotaron, y me abalancé hacia él. Creo que nunca llegó a salir de mi boca, pero en mis pulmones se revolvía un grito de rabia que parecía impulsarme hacia adelante. Una rabia como no había sentido nunca. Solo quería que todo a mi alrededor reventara tal y como yo estaba reventando por dentro. En aquel momento me veía capaz de hacer que todo saltara por los aires. Hasta el momento en que mi puño alcanzó su espalda. Entonces, todo eso se evaporó. 

Fue probablemente el puñetazo más patético de la historia de aquel colegio y de todos los colegios. Toda la fuerza que sentí un instante antes pareció evaporarse cuando fue mi puño el que se lanzó contra su espalda. Sí, su espalda: para hacerlo más humillante aún, le había pegado por la espalda. Un puñetazo sin fuerza, con el puño cerrado, pero como de lado, mal, y encima por la espalda. 

Creo que no llegó a darse cuenta ni siquiera de que aquello había sido un puñetazo. Se giró tranquilo, me miró como extrañado, levantó ese brazo larguísimo, despacio, y me dio un guantazo con la mano abierta. Me pilló media cara, la oreja entera, y parte del cogote. Y ahí se terminó. Solo quedó un resorte roto, que no volverá a saltar nunca más, mi deseo de desaparecer y que nadie pudiera verme nunca más, y ese zumbido que me iba a acompañar un buen rato aún.

Ni siquiera recuerdo qué me dijo el director. Todo lo que vino después de la pelea, si se le puede llamar pelea siquiera, vuelven a ser recuerdos borrosos, o directamente borrados. Ni siquiera sé si entramos juntos al despacho, si nos metieron a uno primero y después al otro, o a los dos a la vez. ¿Vino a buscarme mi madre? ¿Se enteró siquiera de aquello? Sé que no hubo repercusiones. No nos expulsaron. Quizás nos perdimos algún recreo esa semana. Seguro que nos hicieron pedirnos perdón y darnos la mano. Aún me pregunto qué hubiera pasado si no hubiera sido yo el empollón, el niño bueno, el que no se metía nunca en líos: seguramente el castigo habría sido mayor. Ese pequeño detalle, esa deferencia, solo sirvió para que la humillación y la vergüenza se sintieran un poco más grandes.

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