El rastrillo metálico peina la arena de la pequeña cala con un exasperante ruido de piezas mal encajadas, chocando entre sí, que se mezcla con el del motor del tractor que lo arrastra. Él lo observa irritado desde el muro que separa la playa de la ciudad.
La maloliente ciudad, dormida en un silencio insoportable. Como el aliento mudo de una jauría de bestias, agazapadas, cercándolos a la arena y a él, listas para abalanzarse sobre ellos, con sus garras de asfalto. Sobre los lomos, una colección de ataúdes de hormigón, apilados unos contra otros, donde todos los hombres y mujeres del mundo, también tú, dormís sin saber que estáis muertos.
Él no había dormido en toda la noche. Lo intentó. Pasó mil horas peleando contra las sábanas: tentáculos blancos de pegajoso sudor que le asfixiaban cada vez que intentaba cerrar los ojos. Leyó tu mensaje, una y otra vez. Hasta mil veces. Hasta que tus rotundas palabras abandonaron sus significados y ya no era capaz de entenderlas. No tuvo más remedio que rendirse, después de horas que parecieron una eternidad. Salió de casa, en plena madrugada, urgiendo un aire que se dejara respirar.
Sus pies cuelgan del lado de la playa, a medio metro de la arena. La vista fija en el rastrillo, mientras se enciende un cigarro. No sabe decir cuántos lleva desde que se sentó aquí. Cuando llegó, el cielo estaba completamente negro (todo lo negro que llegan a ser los cielos de ciudad, que nunca son del todo negro), y ahora un pálido azul se empieza a asomar por lo bajo.
Esta pequeña cala, rodeada como un animal indefenso, le devolvió un poco la calma que le había estado esquivando durante toda la noche. La arena caótica y libre, en su desorden de pequeñas colinas y valles, testigo de millones de pisadas anónimas, le alejó, por un instante, de ti. Ahora desaparece bajo el metal, convirtiéndose en ceniza, en cemento, en vacío.
Surcos concéntricos de una uniformidad infecta se van dibujando en una espiral que crece de fuera hacia el centro. El lecho de un río muerto que avanza, anegando poco a poco la única tierra firme que queda en el mundo. Conforme la espiral se va completando la realidad se hace más pequeña e invisible; el vacío a su espalda, más presente e inevitable.
Busca la mirada del que dirige al tractor a través del cristal de la cabina y la fina capa de polvo que la cubre. La súplica en su mirada solo encuentra una borrosa silueta y un rostro sin facciones. Sobre ese rostro se dibuja imposible una sonrisa burlona, que de grande se sale por los lados, y que no para de crecer. Los infinitos dientes que la llenan, que se multiplican por momentos, apilados y apretados como los ataúdes a su espalda, se ríen con voces que le son familiares, diciéndole sin palabras lo que los dos saben. Es inevitable. No hará nada por evitarlo. Y sigue recorriendo la espiral.
Lo que queda ya de playa cabría entre las palmas de sus manos. Una pequeña isla a punto de ser devorada. Le pide a un Dios que sabe falso que salve ese pequeño trozo de arena. Que le salve. Como única respuesta, un silencio que detiene el tiempo, en el mismo instante en que la isla desaparece bajo el metal. Un grito ronco se le escapa por los oídos, incapaz de atravesar el silencio. El vacío.
El aliento del abismo, que tanto había hecho por ignorar, se abre paso a través del silencio y le sopla, cálido y húmedo, en la nuca. Lo inevitable le arrastra hacia él. No quedan fuerzas para resistirse. En un último impulso de miedo y huída, huye de un salto hacia la arena bajo sus pies.
Sin saber todavía bien por qué, dirige sus pasos hacia el borde del surco más externo de la espiral, y empieza a recorrerla con los pies descalzos. Pisa despacio y suave, para no dejar huella; para que ni el mar se de cuenta; para que la mentira, más tarde, parezca menos mentira. No levanta la mirada ni un instante, para que nadie le vea.
En el centro de la espiral el tiempo vuelve a detenerse. El aliento del abismo, desde el otro lado del muro, le grita susurros de futilidad, que resuenan con los suyos propios. Sin embargo, su pie derecho se levanta unos centímetros del suelo, para acto seguido caer sobre la arena. Le sigue el mismo movimiento repetido, esta vez del pie izquierdo. Empieza a patear, cada vez con más ímpetu, más rápido, girando sobre si mismo mientras sus pies dibujan colinas y valles nuevos en la superficie. Una pequeña isla resurge. Cabría entre las palmas de sus manos.
Sabe que no es más que una impostura, pero sonríe al verla, aún rodeada de abismos, pero ya no condenada. Mira a la ciudad y los ataúdes tienen ahora ventanas y puertas, algunas ya encendidas. El aliento de bestia hambrienta apenas se escucha, a lo lejos. Respira el silencio y su garganta logra no saborear su vomitivo olor.
Piensa en llamarte, en contestar a tu mensaje. En qué palabras decirte para hacerte cambiar de idea. En si existirán esas palabras siquiera. Y piensa, que antes de pensar en todo esto, debería buscar un bar abierto y tomarse un café.