El sofá rojo

Su rojo, insultante, se vuelve más rojo sobre el azul turquesa de la pared contra la que está. El azul llegó primero, y trajo al rojo. Ni el uno ni el otro se parecen a mí. A veces me gustan, a veces los odio. Aunque ya casi nunca les presto atención, a ninguno de los dos.

La parte del chaise longue la reclamé como mía en su día. Hoy no la toco. En medio de la pérdida, aquella pérdida, tomé el lado opuesto del sofá como el que conquista al país vecino, hasta entonces intocable. Rebelión. Hice lo mismo con el lado izquierdo de la cama. 

Ha sido testigo de las pocas lágrimas que se han vertido en esta casa. Algunas de ellas eran mías. Muchas de esas que fueron mías se vertieron para dentro. Pero incluso esas mancharon la tela del sofá y entretejieron su negro a los hilos de un rojo cada vez menos vivo. Y ya no se van.

Pronto será desterrado de este hogar. Mi mano será quien lo deseche. Otro vendrá, más nuevo, más limpio, menos rojo (posiblemente gris), seco de lágrimas, virgen.

Se irá a la vez que el azul turquesa de la pared. Me parece justo. Sus destinos estuvieron atados desde el principio. Esos dos, que tantas veces miré con orgullo, como símbolo de un atrevimiento y una rebelión contra mí mismo, impropias de mí, quizá no fueron otra cosa que una muestra más del renegar de mi naturaleza, en el que llevo inmerso toda la vida.

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