Estaba de pie, bajo el dintel de la puerta, incapaz de mover uno sólo de los músculos de mi cuerpo, con la mirada fija en dirección al centro de la habitación. Ni siquiera podía parpadear. En el suelo del salón, donde no había nada cuando salí de la casa, hacía apenas veinte minutos, estaba tirado el cuerpo sin vida de un hombre.
Esa casa, que había sido mi hogar durante los últimos cuatro meses y que tan poquita cosa era, estaba levantada a los pies de un modesto faro, y ambos sobre un solitario islote en medio de la nada. De todos los lugares en los que había ejercido mi profesión de farero, desde hacía ya por entonces toda una vida, aquél era el que más cerca debía estar de parecerse al fin del mundo. Era tan poca cosa ese islote que nadie se había molestado nunca siquiera en ponerle un nombre. Tan sólo un trozo de roca desnuda y escarpada, alejado de la costa, contra el que las olas de un mar salvaje, que rara vez se mostraba calmado, rompían violentas la mayor parte del tiempo. No era fácil el acceso a aquél lugar. A mí me gustaba pensar que imposible. Mucho más aún para un muerto.
Pero allí estaba yo, mirando a ese desconocido, tumbado boca abajo, y que no mostraba signo alguno de estar vivo. Me costó unos instantes recuperar el control de mi cuerpo. Cuando lo hice, asumí que no me quedaba otra que acercarme y comprobar lo que parecía evidente. No tengo claro si temía más que estuviera realmente muerto, o lo contrario.
Tenía la cabeza apoyada en el suelo, de lado, mirando hacia la pared opuesta de la habitación. De su cara sólo veía un poco de su perfil, cubierto en parte por una barba descuidada e igual de gris que el escaso pelo que le cubría la cabeza. Las arrugas se dibujaban alrededor de sus ojos, al menos del que podía ver. Supuse que lo harían igual alrededor del otro. Calculé que ese hombre debería rondar los cincuenta y pocos, no muchos más que yo. No encontré a simple vista herida, ni cualquier otra señal, que pudiera indicarme la causa de la supuesta muerte. Tampoco restos de sangre, ni en su cara, ni en su ropa, ni en el suelo. No olía como yo pensaba que debía de oler un muerto. De hecho, no olía absolutamente a nada. Me llamó la atención también que su ropa parecía estar totalmente seca. La mía aún estaba empapada por la lluvia que caía fuera.
Finalmente, a pesar de la reticencia al contacto con aquel cuerpo, acerqué mis dedos, temblorosos, en busca del cuello de ese hombre y de su improbable pulso. Me bastó sentir el gélido tacto de aquella piel para saber que no encontraría signo de latido alguno. Ese desconocido que había aparecido allí, en mi casa, de un modo tan inexplicable, estaba definitivamente muerto.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando caí en que los muertos no viajan solos a los islotes en medio del mar, y que ni siquiera se me había ocurrido comprobar si en la casa había alguien más. Me pareció notar la presencia de alguien a mi espalda. Me giré, brusca y torpemente, esperando ver a una siniestra figura parada bajo la puerta, mirándome, o a punto de abalanzarse sobre mí. No había nadie. Miré alrededor, buscando cualquier indicio de que alguien hubiera estado allí en mi ausencia. Todo parecía estar en su sitio. Agucé el oído. Sólo se escuchaba la lluvia golpeando en el cristal de la ventana, el viento soplando fuera y el murmullo del mar de fondo.
Me levanté y rodeé el cuerpo para inspeccionar la casa. No había más de uno o dos rincones que hubieran podido servirle de escondrijo al hipotético intruso, así que no me llevó más de un par de minutos comprobar que allí no había nadie. Nadie aparte de mí, y del muerto.
Salí por la puerta, dándole la espalda al cadáver, no sin cierto alivio al perderlo de vista. Incluso durante la inspección del interior de la casa había hecho todo lo posible por evitar mirarlo. Encontrar a quien había dejado ese cuerpo allí sabía que era peligroso, pero el miedo y los nervios no eran capaces de mermar mi determinación por dar con él. Más fuerte que el temor a ese intruso, en ese momento, era la necesidad de encontrar respuestas a los interrogantes que ese muerto en mi salón planteaba.
Revisé concienzudamente el faro y la isla. Tampoco me llevó mucho tiempo, ya he dicho lo poquita cosa que eran. No encontré a nadie, ni vi ninguna embarcación que pudiera haberles llevado hasta allí. Pensé en la posibilidad de que el muerto hubiera llegado por sus propios medios, estando aún vivo, claro, y que hubiera entrado a la casa buscando refugio para acabar muriéndose allí de lo que le tocara morirse. El cuerpo estaba demasiado frío y su ropa demasiado seca para el poco tiempo que habría pasado si ese hubiera sido el caso. Pero estaba bastante seguro de que en la isla no había nadie más.
En medio de ese devanarme los sesos, intentando encontrar una explicación a todo aquello, el sonido lejano de una bocina de barco me sacó de mis pensamientos. Corrí hacia el lado de la isla del que provenía, el que daba a la costa, y vi un pequeño buque a lo lejos. No se alejaba de la isla, sino que se dirigía a ella. Lo reconocí enseguida, y enseguida también recordé lo que todo esto del muerto me había hecho olvidar. Era el bote patrulla que traía a mi relevo en el puesto, ya que hoy era el día en que me tocaba abandonar la isla y volver al mundo durante un tiempo. Ya por la mañana, cuando la tormenta que llevaba azotando desde la noche anterior no mostraba intención de amainar, había asumido que la visita del barco se retrasaría al día siguiente. Por eso quizá me resultó tan sencillo olvidarme del tema. Parece que finalmente habían aprovechado que el tiempo había mejorado, y a pesar de que era bastante entrada la tarde habían decidido venir en mi busca. Que poco oportuna resultaba ahora esa decisión.
Una sensación de urgencia se apoderó de mí, aunque aún había una buena distancia entre el barco y la isla, y tardaría bastante en llegar. Ahora no sólo necesitaba encontrar una explicación a todo aquello para mí mismo, esa explicación tenía que ser también creíble para otros y exculparme de cualquier sospecha de la autoría de esa muerte. No veía posibilidad alguna de encontrar esa respuesta ni dándole vueltas al asunto durante días. Así que la media hora que calculé que tenía me pareció del todo insuficiente.
Corrí a grandes zancadas en dirección a la casa. Los pensamientos que se me cruzaban por la cabeza iban aún más rápido que mis piernas. Aspirantes a explicación de un hecho que no se podía explicar pasaban agolpándose por mi mente, a tal velocidad que ni siquiera me daba tiempo a prestarles demasiada atención. Tan rápido como llegaban las descartaba, sabía que ninguna tenía sentido. Ni siquiera podía imaginar que hubiera una que lo tuviera, no digamos ya encontrarla. Pero seguía buscando.
Cuando alcancé la puerta de la casa, que aún estaba abierta, todos los pensamientos se me detuvieron de golpe, a la vez que mi carrera y mi respiración. El muerto había desaparecido.
En el lugar donde había estado ahora había un pequeño charco de agua, medio absorbido por los maderos del suelo, como si lo que había estado allí no hubiese sido otra cosa que un bloque de hielo que se hubiera acabado por derretir. Volví a revisar la casa. No había rastro del muerto ni de nadie más. Me acerqué al centro del salón, me agaché junto al charco, mojé mis dedos y los acerqué a mi boca. Era agua salada.
Aún hoy, después de tantos años, sigo preguntándome qué pasó aquel día. Sólo un hombre muerto al que nunca le llegué a ver la cara bien y del que nunca sabré su nombre, podría darme una respuesta. Quizá simplemente, como seguro estaréis pensando, la prolongada soledad en la que vivía acabó por volverme loco, como dicen que la soledad hace con el hombre. El tiempo incluso ha diluido las certezas que alguna vez tuve acerca de lo que viví aquella tarde. Quizá la respuesta sea así de simple. Ojalá. Si tan sólo pudiera no sentir tan real este maldito sabor a sal.