El sacrificio

– Ven conmigo – le susurró.

Tenía tanto miedo que tuvo que apretar los dientes para no echarse a temblar. No podía echarse a temblar. No podía permitir que nadie se percatara de ese miedo que crecía dentro de ella, que nacía en algún lugar entre sus tripas, y que sentía como una masa negra e informe que se extendía desde allí, amenazando con ocupar cada centímetro de su pequeño cuerpo y anularla por completo. Tenía que empujar ese miedo de nuevo a su centro y mantenerlo ahí, de algún modo.

Levantó la vista hacia la voz que le pedía que le siguiera. La figura que se encontraba de pie frente a ella no era más que un muchacho, de unos quince años (un par más de los que ella tenía). Tan solo un aprendiz de sacerdote. Vestía una túnica vieja y raída, de la que no cabía duda que no era el primer propietario, y unas sandalias gastadas que aún le quedaban grandes. Recordó haberlo visto alguna vez, años atrás, jugando con los otros niños del pueblo. No creía haber cruzado nunca siquiera una palabra con él, pero buscó en sus ojos algo, no sabía bien el qué, a lo que poder aferrarse y que la salvara de ese oscuro miedo que la apresaba. Sólo encontró la mirada de un niño que intentaba ser un hombre, tan lleno de dudas y que sabía tan poco como ella. 

Tras el muchacho estaba el camino que le tocaba recorrer. Veintiséis escalones de fría piedra, finamente tallados por las manos de sus antepasados, cuyos nombres fueron hace tiempo olvidados. Veintiséis escalones que ascendían por aquella pirámide, erigida en el centro del pueblo, en honor a la gran Diosa Aqhal. En su cúspide, el altar, también de piedra, tallado por esos mismos hombres y donde ella iba a ser sacrificada hoy. 

Agachó la cabeza, en un gesto que podría parecer de sumisión y aceptación. En parte lo era. En parte era un modo de llevar su mirada adentro, concentrarse en que el miedo no se le escapara por la piel y se dejara ver a los ojos del resto. Se dispuso a seguir al joven sacerdote escaleras arriba.

Subió el primer escalón.

A pesar de su corta edad, siempre había venerado a los dioses. Ellos eran los protectores de los hombres. Impedían que el sol se apagase, mantenían el equilibrio del mundo, hacían que el agua cayera del cielo para que las cosechas prosperaran. Protegían al hombre, a pesar de su insignificancia, y por ello los hombres les debían culto y obediencia. Era lo mínimo, era lo justo. El destino que para ella habían escrito era éste que se cumpliría al subir el último escalón, y ella no podía hacer otra cosa que aceptarlo. Sin embargo, el miedo no dejaba de crecer en su interior, ajeno a todo esto.

Subió el cuarto escalón.

El deseo de darse la vuelta y echar a correr la asaltaba a cada instante, como una orden que una voz dentro de ella le repetía una y otra vez: “Corre con todas tus fuerzas, piérdete en la selva, donde nadie pueda encontrarte, y no vuelvas”. Sabía que si lo hiciera, sería en vano. No llegaría muy lejos, no se lo permitirían, y sólo conseguiría traer la deshonra y la desgracia sobre su pueblo, su familia y sobre ella misma. 

Subió el noveno escalón.

Pensó en su madre. Pensó en la mirada que tenía cuando la noche anterior la vio por última vez, tras conocer la noticia de su elección para el sacrificio. Una mirada bañada en lágrimas, que enseguida se escondió tras un abrazo tan fuerte que parecía que no podría soltarse nunca. Vislumbró ahora tras esos ojos, que se dibujaban tan nítidos en su mente, un dolor y una pena infinitos, que le golpearon por encima incluso del miedo. Se consoló con la idea de que, a partir de ahora, su familia sería respetada en el pueblo y los dioses velarían por ellos. A pesar de perder a su única hija, vivirían mejor.

Subió el décimo tercer escalón.

Pensó en todo aquello que no llegaría a vivir. Los hijos que no tendría, el amor que nunca conocería y del que no sabría si se siente tan hermoso como le habían contado. Intentó imaginarse a sí misma como la mujer que ya no podría llegar a ser. Se lamentó de todo eso que la vida ya no podría darle.

Subió el décimo noveno escalón.

El miedo se hacía cada vez más grande. A cada paso parecía hacerse más pesado, más difícil de contener. Por un momento sintió el deseo de rendirse, abrazar ese miedo y que llegara hasta cada uno de los poros de su cuerpo. No se lo permitió.

Subió el penúltimo escalón.

Un miedo se alzó entonces por encima de todos los demás. El miedo a que sus miedos la hicieran indigna de los dioses. Que su sacrificio no fuera aceptado por ellos, que trajera consigo la desgracia en lugar de la prosperidad. Que su muerte fuera en vano. Se aferró a las promesas de esa vida eterna en la luz de lo divino que se prometía a los que eran entregados como sacrificio, para intentar disipar el miedo y presentarse frente al altar libre de él. Se imaginó a sí misma sentada junto a Aqhal, bañada por su luz, que limpiaría en ella cualquier resto de oscuridad. Dibujó un pequeño punto de luz con esta imagen en medio de la negrura que seguía pulsando y empujando en su interior. Se aferró con todas sus fuerzas a esa luz.

Llegó al último escalón.

En la cúspide le esperaba el sumo sacerdote. No levantó la mirada ante él, no estaba permitido. Vio sus pies limpios envueltos en unas elegantes sandalias de su talla, y el borde de una colorida túnica que sabía estaba repleta de hermosos e intrincados dibujos, representaciones de los dioses y sus enseñanzas. Ese hombre era lo más cercano a la divinidad que pisaba la tierra. Le habían sido mostradas por los dioses las respuestas a todos los misterios. Había visto sus rostros. Era casi uno de ellos. 

Mientras se tumbaba en el altar, siguió peleando contra su miedo, que a pesar de sus esfuerzos, seguía revolviéndose dentro de ella, martilleando su corazón y haciéndolo latir cada vez más rápido y más fuerte. Intentó mantenerse agarrada a la esperanza y las promesas de salvación, lo único que tenía ahora, como el que intenta mantener una vela encendida en medio de un vendaval. Muy lejanas le sonaban las palabras del ritual que recitaba el sumo sacerdote, a su lado. 

Cuando las palabras callaron, y ella supo que el cuchillo estaba en lo alto, se permitió mirar a los ojos al que lo sujetaba. Buscaba la confirmación de que todo en lo que se basaba su esperanza era cierto, de que todo iría bien. Sólo encontró, en unos ojos más viejos, más cansados y quizá más tristes, la misma mirada de niño perdido que vio en el aprendiz de sacerdote, allí abajo, frente al primer escalón.

No gritó. No lloró. De su garganta no salió sonido alguno, ni siquiera cuando la daga atravesó su pequeño corazón.

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